Cómo reconocer cuando tus emociones están afectando tus decisiones

Tomamos decisiones constantemente y solemos pensar que lo hacemos de manera racional. Analizamos lo que ocurre, valoramos nuestras opciones y elegimos aquello que consideramos mejor. Sin embargo, nuestras emociones participan en muchas más decisiones de las que imaginamos.

Esto no significa que las emociones sean malas ni que debamos ignorarlas. De hecho, son fundamentales para decidir. El problema aparece cuando una emoción momentánea termina teniendo más influencia de la que debería.

Aprender a reconocer cuándo está ocurriendo puede ayudarte a evitar decisiones impulsivas y responder con mayor claridad.

Las emociones también forman parte de nuestras decisiones

Es prácticamente imposible separar por completo emoción y razonamiento.

Cuando decides aceptar una oportunidad, confiar en alguien, realizar una compra o responder durante una discusión, no solamente estás procesando información. También intervienen expectativas, experiencias anteriores, miedo, entusiasmo, frustración y muchas otras emociones.

Una emoción puede incluso proporcionar información útil.

Sentir miedo puede hacerte prestar atención a un posible peligro. La incomodidad puede indicarte que algo merece ser analizado. El entusiasmo puede impulsarte a aprovechar una oportunidad.

El problema surge cuando interpretamos automáticamente esa emoción como evidencia.

Sentir que algo es peligroso no significa necesariamente que lo sea.

Sentir confianza hacia alguien tampoco garantiza que esa persona sea confiable.

1. Quieres decidir inmediatamente

Una señal importante es sentir una necesidad intensa de actuar ahora mismo.

Estás enfadado y quieres enviar ese mensaje.

Te entusiasma un producto y quieres comprarlo inmediatamente.

Algo te preocupa y quieres abandonar un proyecto sin analizar demasiado la situación.

Las emociones intensas pueden reducir temporalmente nuestra disposición a considerar alternativas.

Cuando una decisión importante parece necesitar una respuesta inmediata aunque realmente pueda esperar, prueba retrasarla.

Incluso unos minutos pueden cambiar considerablemente tu perspectiva.

2. Solo buscas información que apoye lo que quieres hacer

Imagina que deseas comprar algo costoso.

Comienzas a investigar y encuentras diez razones para comprarlo, pero prácticamente ignoras las críticas y los posibles inconvenientes.

Quizá ya habías tomado emocionalmente la decisión y ahora solamente estás buscando argumentos para justificarla.

Una buena pregunta en estas situaciones es:

¿Qué información podría hacerme cambiar de opinión?

Si tu respuesta es “ninguna”, probablemente ya no estás evaluando la decisión de manera abierta.

3. Estás pensando en extremos

Las emociones intensas pueden empujarnos hacia interpretaciones absolutas.

“Todo salió mal.”

“Nunca voy a conseguirlo.”

“Esta persona siempre hace lo mismo.”

“Esta oportunidad es perfecta.”

La realidad normalmente contiene muchos más matices.

Cuando aparecen palabras como siempre, nunca, todo, nada, perfecto o terrible, puede ser útil detenerte y preguntarte si realmente describen los hechos o solamente la intensidad de lo que estás sintiendo.

4. Tu opinión cambia dependiendo de tu estado de ánimo

Algo que ayer parecía una buena idea hoy puede parecer terrible simplemente porque estás cansado, frustrado o preocupado.

También puede ocurrir lo contrario.

Después de recibir buenas noticias puedes sentirte especialmente optimista y asumir riesgos que normalmente analizarías con mayor cuidado.

Si se trata de una decisión importante, pregúntate:

¿Pensaría lo mismo mañana si mi estado de ánimo fuera diferente?

No necesitas eliminar la emoción. Solo comprobar si tu conclusión depende demasiado de ella.

5. Estás reaccionando a una persona en lugar de al problema

A veces rechazamos una buena idea porque proviene de alguien que nos cae mal.

O aceptamos una propuesta mediocre porque confiamos mucho en quien la presenta.

Intenta separar ambas cosas.

Pregúntate:

Si exactamente esta misma propuesta viniera de otra persona, ¿pensaría igual?

La respuesta puede revelar cuánto está influyendo tu relación con esa persona en la decisión.

6. Estás imaginando únicamente el mejor o el peor escenario

El miedo puede hacer que sobreestimemos resultados negativos.

El entusiasmo puede hacer exactamente lo contrario.

Antes de decidir, considera tres posibilidades:

¿Qué es lo mejor que razonablemente podría ocurrir?

¿Qué es lo peor que razonablemente podría ocurrir?

¿Qué es lo más probable que ocurra?

La tercera pregunta suele ser especialmente importante porque obliga a salir de los escenarios extremos.

7. Estás defendiendo una decisión antes de haberla tomado

Hay una señal bastante reveladora: empiezas a explicarles a otras personas por qué algo es una buena idea antes de haberlo analizado completamente.

En ese momento quizá ya estás emocionalmente comprometido con una opción.

Prueba hacer lo contrario.

Busca deliberadamente el argumento más fuerte contra aquello que quieres hacer.

Si después de considerarlo sigues pensando que tu decisión tiene sentido, tendrás mejores razones para confiar en ella.

No necesitas convertirte en una persona fría

Tomar mejores decisiones no consiste en eliminar las emociones.

Consiste en reconocerlas.

Antes de una decisión importante puedes hacer una comprobación sencilla:

¿Qué estoy sintiendo ahora mismo?

¿Por qué podría estar sintiéndolo?

¿Qué hechos tengo realmente?

¿Qué parte de mi decisión está basada en esos hechos y qué parte en cómo me siento?

A veces llegarás exactamente a la misma conclusión.

La diferencia es que ahora sabrás mejor por qué la estás tomando.

Las emociones pueden ser una fuente valiosa de información, pero no tienen que tener siempre la última palabra.

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